Publicamos el sermón del P.
Buela en la Iglesia de San Pantaleón, en Roma, ante la tumba de San José de
Calasanz, el 26 de febrero para los miembros del IVE, y el 30 de marzo para
las SSVM. (Texto publicado en Vox Verbi 361)
De Dios nadie se burla (Gal
6,7)
Acerca de algunas persecuciones que sufrió San José de Calasanz[1]
Estamos celebrando el 450 aniversario del nacimiento de San José de
Calasanz, ocurrido en Peralta de la Sal (Aragón, España) en 1557, que fue el
fundador de los Escolapios o Escuelas Pías.
Nos sentimos muy unidos a él porque cercana a nuestra parroquia está la de
San José de Calasanz, en Avenida La Plata, en Buenos Aires (Argentina); y,
sobre todo, porque en momentos de dificultad para nuestra naciente
Congregación religiosa, acudimos a él pidiéndole ayuda, ya que él había
pasado muchas dificultades con su fundación, por lo que lo consideramos como
el santo patrono de los fundadores en dificultades.
1. Las dos pruebas más grandes
a. Fue depuesto del cargo de Superior General por Urbano VIII (Maffeo
Barberini, florentino)[2].
b. Su Instituto fue reducido a una simple federación de casas autónomas (de
hecho, equivalía a una supresión de su Congregación), por Inocencio X (Juan
Bautista Pamphili, romano)[3].
Para tener una idea de las consecuencias que dichas decisiones hubieran
tenido si no se las revocaba (¡menos mal que luego se dio marcha atrás con
la supresión!) digamos que en 1546 su Orden tenía seis Provincias, 37 casas
y unos 500 religiosos, y actualmente están en cuatro continentes y en 34
naciones, con cerca de 200 casas y 1420 religiosos (hay otras 10
Congregaciones religiosas que lo invocan como especial Protector y
Patrono)[4].
2. Prolegómenos de los problemas
Fundamentalmente son 4 las personas que más daño hicieron a San José de
Calasanz y a su obra:
- El principal fue el p. Mario Sozzi, escolapio, quien supo tener muy buenos
tratos con el Inquisidor de Florencia, donde estaba, y con Mons. Francisco
Albizzi, Asesor del Santo Oficio de Roma, quien llegó a obligar que se
nombrara Provincial de Toscana al p. Sozzi, calumniador de su fundador y de
su Congregación. Urbano VIII nombraría a Sozzi Vicario General de la
Congregación, con breve del 30 de diciembre de 1642.
- El p. Esteban Cherubini, escolapio, nombrado por recomendación de Sozzi
sucesor suyo en el gobierno de la Congregación, tristemente conocido por sus
desviaciones pederastas. A éste le dio Mons. Albizzi «plena autoridad de
poder para gobernar la dicha Religión».
- El segundo Comisario, el Jesuita Silvestre Pietrasanta, hombre de
innegables cualidades y méritos, pero instrumento flexible y complaciente de
las intrigas y maledicencias de Sozzi y Albizzi.
- Mons. Francisco Albizzi, Asesor del Santo Oficio, quien creía todo lo que
le contaba Sozzi y obraba sin constatar si sus dichos eran falsos o
verdaderos. Fue él quien influyó sobre los Secretarios de Estado y sobre los
Papas.
3. Los mayores dolores de San José de Calasanz
Si uno leyera en una novela policial lo que pasó San José de Calasanz, sería
difícil considerarlo verosímil.
El Card. Cesarini, cardenal protector de la Congregación, ordenó al conde
Corona que registrara las habitaciones del p. Sozzi en San Pantaleón, el 7
de agosto de 1642, para buscar supuestos documentos en su contra. El p.
Sozzi acusó ante Mons. Albizzi que le habían sustraído documentos del Santo
Oficio. Éste avisó al card. Barberini, Secretario de Estado, y éste a Urbano
VIII.
Decidieron ellos poner presos a San José de Calasanz y a los otros miembros
de la Curia General en el Palacio del Santo Oficio. Fue viernes ese 8 de
agosto, el viernes más dramático de todos los 85 años que tenía en ese
entonces San José de Calasanz. Como aquel en que recorrió Jesús la Via
Dolorosa. Se hizo ir el cortejo por las principales calles de Roma, los
presos a pie, bajo el sol implacable de agosto.
A la tarde Mons. Albizzi increpó a los reos a devolver los documentos, y
éstos sólo dijeron que eran totalmente ajenos a los hechos. El Card.
Cesarini, por escrito, certificó esto. Fue una gran ‘cantonata’ de Albizzi,
en la que implicó al Papa Urbano VIII. Los hizo volver a San Pantaleón y, en
su mezquindad, los condenó a que quedaran 15 días encerrados, sin poder
salir de casa para nada, sin que tuviesen culpa de ningún delito.
Más doloroso aún fue lo que decretó el 14 de agosto de 1642, menos de una
semana después, Urbano VIII: «…en adelante ni se abran ni funden casas en
cualquier parte de la cristiandad», a no ser con licencia de S.S. y del
Santo Oficio. Además el card. Cesarini cesa, de hecho, de obrar como
protector (así aparece en el original del decreto). Decreto vergonzoso,
«pues sin tener en cuenta la verdad de los hechos, se ratifica la injusticia
cometida por Mons. Albizzi contra las víctimas, se silencia su inocencia, se
exalta la persona del calumniador Sozzi, desligándole de toda jurisdicción
de la Congregación y de su cardenal protector, y obligando al general a que
imponga la autoridad de Sozzi en su provincia de Toscana»[5].
El 17 de noviembre del mismo año Mons. Albizzi, para defender a «su amigo»
(sic) Sozzi, formula por dos veces la amenaza de destrucción –«ruina total»—
de la Congregación. Cosa que él mismo se encargaría más tarde de convertir
en realidad. El mismo Mons. Albizzi consigue del Papa un nuevo decreto –del
30 de diciembre— nombrando a Sozzi, quien quería ser reformador de la
Congregación[6], Vicario General de la Orden.
Sozzi presenta un memorial al Santo Oficio que es discutido en la sesión del
15 de enero de 1643, en presencia de Urbano VIII, donde deciden:
1. Nombrar un visitador o Comisario apostólico para toda la Orden.
2. Que el p. Sozzi tuviera el gobierno supremo de toda la Orden.
3. No fundar más casas ni admitir más novicios sin licencias del Papa y del
Santo Oficio.
4. Calasanz quedaba suspendido de su cargo de General, así también como sus
cuatro asistentes.
El primer Comisario, p. Agustín Ubaldini, tomó posesión el 22 de marzo de
1643, e inopinadamente examinó la habitación de Sozzi. Escandalizado vio
cómo «en ella guardaba dinero, pastas, confituras, golosinas y bebidas, así
como guantes, alfileres, peinas, trenzas, bordados, puntillas, rosarios
elegantes, objetos de devoción caros, etc. De todo hizo inventario y lo
comunicó a San José y a Mons. Albizzi. Comenzó la visita personal por el
Santo Fundador y duró su audiencia más de cuatro horas, quedando
impresionado de su lucidez, memoria y lógica del discurso, muy superiores a
cuanto se podía esperar de un ochentón tan avanzado. Y más todavía de la
prudencia y santidad que sus respuestas transpiraban»[7].
Este Comisario «se dio cuenta de que no lo habían nombrado para ser juez
imparcial, sino más bien para servir de juguete en manos de Mons. Albizzi y
Sozzi como verdugos de inocentes»[8]. Por eso estos intrigantes sacaron de
en medio a este primer Comisario, que duró en su cargo ¡menos de 50 días!
El 9 de mayo de 1643 el Papa nombró segundo Comisario al jesuita p.
Silvestre Pietrasanta, quien toma declaraciones juradas en presencia de
Sozzi y del secretario de su visita, p. Juan Antonio Ridolfi (íntimo amigo
de Sozzi), quien se mostró siniestro, taimado, maléfico en toda la visita
apostólica.
Sozzi le dijo cierta vez a San José de Calasanz: «Viejo chocho, viejo fatuo;
estos no me quieren obedecer y vos no les domináis. He llevado la Orden a la
ruina y no he de sosegarme hasta que la arranque de cuajo»[9]. El santo
mansamente le respondió: «Esos superiores son hombres que os habéis elegido
vos. No os los he dado yo. Guardaos del castigo de Dios por el daño que
hacéis a la Religión. Temed que os alcance demasiado pronto su ira». A los
15 días le comenzó a Sozzi la lepra, había cumplido 35 años. Se dijo que era
«fuego de San Antón» o lepra, o bien «mal francés», es decir sífilis. El 10
de noviembre de 1643, dos meses después de este encuentro con el santo,
moría.
El día siguiente Mons. Albizzi comunicaba que había sido nombrado el p.
Esteban Cherubini como sucesor de Sozzi. Después de su superiorato fue
conducido forzosamente a Frascati porque había recaído en su viejo pecado de
pederastia ¡En manos de este hombre pusieron la suprema autoridad de la
Orden Mons. Albizzi y Pietrasanta, el 2º Comisario!
En el entretiempo, la creada comisión de cardenales para las Escuelas Pías
trataba si había lugar para la extinción de la Orden. El card. Barberini
afirmaba que «esta Religión ha crecido y se ha dilatado desobedeciendo
siempre, y desobedeciendo a la Sede Apostólica…»[10].
Luego por unanimidad de votos, el 17 de junio de 1645, se resolvió no
extinguirla, pero la alegría duró poco, dieron marcha atrás. Cuando san José
de Calansanz se disponía a salir de casa, camino del palacio del card. Roma,
para recibir oficialmente la noticia de su reintegración en el cargo de
General, junto con las instrucciones suplementarias, llegó un mensajero
diciéndole que no fuera a la audiencia convenida hasta nuevo aviso. Aviso
que nunca llegó.
En lugar de la reintegración, Inocencio X decidió que había que reducir la
Congregación haciéndola «semejante al Oratorio de San Felipe Neri, sin
votos, sin Superior General, ni provinciales, ni asistentes, ni visitadores,
con casas independientes sometidas al Ordinario del lugar»[11].
El 3 de febrero de 1646 se reunió por quinta y última vez la comisión de
cardenales y, por segunda vez, Inocencio X limitaba la decisión de la
Comisión, imponiendo su voluntad de reducir la Orden. Llegan a las
siguientes conclusiones y decisiones:
1. Dan facultad a todos los religiosos para pasar a otra Orden cualquiera.
2. No se puede admitir a nadie en el noviciado o a la admisión de votos (sin
licencia de la Santa Sede, cosa que se excluye luego).
3. Los religiosos, sus casas y colegios quedarán totalmente sometidos a los
Obispos, quedando destituidos de toda autoridad san José de Calasanz y los
demás superiores y visitadores.
4. La Orden queda reducida a Congregación sin votos.
5. Mons. Albizzi y otros harán nuevas Constituciones, etc...
Con todo lo cual «se abrían todas las puertas para dejar salir, y se
cerraban herméticamente todas para poder entrar. Esto no fue una
‘reducción’, sino una supresión camuflada, una condena a muerte lenta, pero
inexorable»[12].
El 16 de marzo de 1646 firmó el decreto Inocencio X y el día siguiente fue
leído en el oratorio doméstico de San Pantaleón, y se oyó a san José de
Calasanz que repetía las palabras de Job: «el Señor nos lo dio; el Señor nos
lo quitó. Como plugo al Señor, así se hizo. Bendito sea su nombre».
4. La fuente de la fuerza sobrenatural del santo
Escribe Berro que Calasanz dijo: «Sé de una persona que con una sola palabra
que le dijo el Señor en el corazón, soportó con mucha paciencia y alegría
diez años continuos de trabajos y grandes persecuciones». Y después de
muchos años dijo otra vez: «sé de una persona que con una sola palabra que
Dios le dijo en el corazón, padeció con inmensa alegría quince años de
trabajos que le sobrevinieron»[13].
Y cuenta el p. Castelli que los últimos días, estando el santo ya muy
enfermo, lo fue a visitar y le dijo: «padre, me temo que queréis hacernos
una mala pasada; queréis dejarnos; me da de ello mucho miedo». A lo que
respondió: «estoy en las manos de Dios; haga su Divina Majestad cuanto le
plazca». Al replicarle el p. Castelli «en todo caso, Ud. no puede caer sino
de pie», el santo le respondió bajito, confidencialmente: «Sí, la Virgen me
lo ha dicho, que esté contento y que no dude de nada». Asombrado, el p. le
pidió que lo repitiera, como que no había entendido, para que lo oyera
también otro padre que estaba allí, y el santo repitió: «la Virgen de los
Montes me ha dicho que esté contento, que no dude de nada». San José de
Calasanz tenía grandísima devoción a la Madonna dei Monti, que tiene una
iglesia dedicada atrás del Foro Augusto.
El 25 de agosto voló al cielo pronunciando antes tres veces «Jesús, Jesús,
Jesús».
Ocho años después, bajo el pontificado de Alejandro VII (Fabio Chigi,
seniense), se restablece la Congregación con votos, y finalmente en 21 de
octubre de 1669, por breve de Clemente IX (Julio Rospigliosi, pistoiense)
fue restablecida totalmente la Orden.
5. La gloria de San José de Calasanz.
San José de Calasanz tuvo como pocos la gloria de vivir en plenitud la
octava bienaventuranza: «Bienaventurados vosotros cuando os injurien, y os
persigan y digan con mentira toda clase de mal contra vosotros por mi causa.
Alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en los cielos;
pues de la misma manera persiguieron a los profetas anteriores a vosotros»
(Mt 5,11-12).
Hoy le damos gracias por su intercesión y ayuda, por sus intachables
ejemplos, y por el consuelo que dio tantas veces a nuestras vidas con su
vida.
Pidamos también por todos los ‘Sozzis’ y ‘Albizzis’, que parecieran carecer
de la sabiduría de Gamaliel, ya que se olvidan que «si viene de Dios, no
podréis disolverlo» (He 5,39). Desconocen también que «de Dios nadie se
burla» (Gal 6,7).
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[1] Seguimos a Severino Giner Guerri, San José de Calasanz (BAC; 1985)
271ss.
[2] Juan Manuel Lozano, El Fundador y su familia religiosa (Madrid 1978) 82.
[3] Juan Manuel Lozano, El Fundador, 82. La nota 121 está equivocada.
[4] Guerri, Calasanz, 271.
[5] Guerri, Calasanz, 229.
[6] Guerri, Calasanz, 234; cfr. la carta de Sozzi al p. Berro, ibidem.
[7] Cfr. Guerri, Calasanz, 233.
[8] Guerri, Calasanz, 237.
[9] Guerri, Calasanz, 237.
[10] Guerri, Calasanz, 244.
[11] Guerri, Calasanz, 244.
[12] Cfr. Guerri, Calasanz, 252.
[13] Guerri, Calasanz, 253. |