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“Una luz
encendida en sus manos y otra en el pecho…”
El Domingo de
Pascua fue un gran día para una pequeñísima aldea de la costa de Vanimo
llamada Dawo. Esta aldea es un tanto particular, pues la mayoría de sus
habitantes se vieron obligados a dejar la aldea natal en la selva y venir a
Vanimo, especialmente por motivos de enfermedad. |
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Visitando las
familias de la pequeñísima aldea hemos encontrado casos de lepra,
elefantiasis, tuberculosis, desnutrición infantil severa, ceguera, etc. Su
condición de vida es peor que la de cualquier otra aldea de la costa de
Vanimo, porque en Dawo la gente vive como de paso. Sólo
esperan una mejoría en sus enfermedades, o la ayuda económica prometida,
para poder regresar a la selva. La tierra, en donde ellos han construido sus
cabañas, no es de ellos. Además deben, en su extrema pobreza, pagar un
tributo a los dueños, quienes, por otra parte, casi siempre los explotan.
La extensión de tierra que les dan para cultivar no es suficiente.
Por no tener tierras propias y por las enfermedades ningún incentivo
los anima y son dominados por el gusano de la pereza y el desgano. Llevan
años viviendo así.
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Dawo depende de la Parroquia de
Lido en la cual nosotras trabajamos los fines de semana. El párroco nos
pidió ayuda para preparar a la gente de Dawo a la recepción de los
sacramentos, porque desde hace mucho tiempo que nadie se encargaba de ellos.
Comenzamos a preparar un grupo de dieciocho niños entre nueve y quince
años para su primera Comunión, dos de ellos también recibirían el
bautismo. La primera dificultad que enfrentamos fue que sólo
dos de ellos sabían leer. El resto de los niños no asiste a la escuela por
falta de medios, ya que en Papua, como saben, la educación no es gratuita.
Por este motivo decidimos intensificar más aun las clases para poder
memorizar con ellos las preguntas del catecismo. Era un gozo ver el
entusiasmo y la dedicación con la cual asistían a las clases y trataban de
responder a pesar de sus limitaciones.
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Y así llego el ansiado día de Pascua. A las niñas les
habíamos confeccionado túnicas blancas y para los varoncitos pedimos
prestadas unas camisas blancas. Fue un gran gozo
el poder ver en sus rostros la gran alegría de vestirse, por primera vez en
sus vidas, de ese modo. Ellos se habían fabricado hermosas coronas de
flores para lucir en sus cabecitas del pelo negro y duro de la raza. Una
vela encendida en sus manos brillaba como sus ojos y…como sus almas…
Que hermosa imagen aquella de "una luz encendida en sus manos y otra
en el pecho…" |
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Los dieciocho niños encabezaban
la procesión hacia la humilde capilla, dejando en la arena la huella de sus
pies descalzos. Eran seguidos por las catorce mamás
con los bebés que recibirían el bautismo; luego
venia el reducido numero de fieles, integrado por viejos, enfermos y pobres
de todo tipo… Mientras se me caían las lagrimas, recordé el pasaje del
Evangelio en el cual el Señor se estremeció de gozo, en el Espíritu Santo, y
dijo: “Te alabo Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has mantenido
estas cosas escondidas a los sabios y a los prudentes, y las has revelado a
los pequeños. Si, Padre, porque así te plugo a Ti”.
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Pensé también
que el Señor en ese día, y a través nuestro, volvía a experimentar ese gozo,
pues él revelaba tan
grandes cosas a esta gente tan sencilla, en un lugar tan
lejano y olvidado. Así Dawo celebró el triunfo del Señor como quizás ningún
otro pueblo pudo hacerlo. Catorce hijos suyos fueron integrados a la familia
de Dios, en dieciocho de ellos el Señor Resucitado habitó sacramentalmente
por primera vez y la gran mayoría de sus fieles pudo volver a la amistad de
Dios a través del sacramento de la Confesión.
La noche anterior, al terminar la Vigilia Pascual todos se
habían dirigido, con sus velas encendidas, al cementerio situado a sólo
pocos metros de la iglesia. Allí cada familia había depositado los cirios en
las tumbas de sus seres queridos. Lo hacen todos los
años al terminar la vigilia; le llevan la luz de Cristo resucitado a sus
difuntos, esperando que un día también ellos resucitarán
como el Señor y brillarán en la luz que no
tiene fin.
Al
alejarnos de la aldea esa noche habíamos podido observar el pequeño
cementerio totalmente iluminado, recortándose en el resplandor las siluetas
de quienes arrodillados, rezaban… El Señor les había revelado sus misterios,
y por eso llevaban también una luz encendida en las manos y otra en el
pecho…
Hna. Maria del
Sagrario.
Misionera en el Continente Azul. |
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