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Al recitar este salmo en Ushetu, las palabras parecían cobrar vida. Veía el canto y la danza, los tambores y la alabanza al Señor de parte de los fieles en nuestra parroquia dedicada a Nuestra Señora de Lourdes y pensaba cuán agradable debería ser su humilde oración a los ojos de Dios. Esta crónica quiere ser un agradecimiento a Dios, porque finalmente, después de una larga preparación, las Servidoras podemos ofrecer al Señor un cántico nuevo: el canto de África, con sus sonidos de animales desconocidos, el canto de la lluvia, el canto de la gente que une sus voces con el ritmo de las palmas de sus manos en una alabanza al Señor que hasta ahora era desconocido para las Servidoras.
Quisiera que todos me ayuden a dar gracias a Dios por habernos dado la posibilidad de cumplir con la prometida fundación en África sub-sahariana, ofreciéndola como don al Sagrado Corazón de Jesús.
Durante casi 10 años estuvimos dando pasos para abrir una misión allí, pero evidentemente no había llegado aún el tiempo de Dios. En julio del 2000 visité las misiones del IVE en Kenia y Sudán. En Nairobi, enterramos una medallita de la Virgen de la Medalla Milagrosa que me dio el P. Carlos Ferrero, en la tumba de la venerable Edel Quinn, pidiendo a esta gran misionera de la Legión de María, la gracia de poder fundar en África. Edel Quinn vino a África en 1936 y, como ella decía, llego a África con el corazón de María, para iniciar en tantos lugares la Legión de María. Fue por ende una agradable sorpresa descubrir que en Ushetu, este pueblito tan alejado del mundo y de las comunicaciones, existe también un grupo de la Legión de María. Hasta este lugar se extendió la misión iniciada por esta joven irlandesa, que en 1944 falleció agotada y enferma en Nairobi, habiendo dado todo a Dios. Durante la última enfermedad dijo:
"dicen que sufrir es igual a trabajar, entonces si no puedo trabajar, ¿porqué no tendría que sufrir?"[1].
La providencia de Dios me regaló, tres días antes de salir de viaje a Tanzania, un librito sobre la vida de la venerable Edel Quinn y me recordé en este momento de la petición que hicimos delante de su tumba en el cementerio de los misioneros en Nairobi. A Dios y a sus santos sea la gloria.
Después de un largo viaje por un camino de tierra y barro llegamos, María Victoria Martyrum quien me acompañaba desde Roma y yo, por primera vez a Ushetu. Las hermanas de la comunidad ya estaban en el lugar, donde junto con el párroco, P. Simon, el P. Tito y los fieles habían preparado todo para la bienvenida. Mientras avanzamos con el auto que nos alejaba cada vez más del mundo civilizado, campo adentro, recordé todo el tiempo las palabras de Mons. Ludovic Minde, nuestro Obispo: “No sé por qué, pero alguien (un padre blanco) puso una iglesia en Ushetu. De algún modo Dios nos parece querer decir: “Es aquí donde quiero salvar a mi pueblo”. Otra vez vi cuán admirable es la providencia de Dios y qué hermoso es el poder ser colaboradoras y testigos de una esperanza que solo Dios puede dar a su pueblo.
La inauguración de la nueva comunidad fue una fiesta indescriptible. Más de mil personas habían venido desde muy lejos (algunos hasta 2 horas en vehículo por caminos muy malos) y otros caminando desde los alrededores de Ushetu. Era una asamblea coloreada y alegre que nos fue cantando la bienvenida. La Santa Misa fue realmente una celebración vivida con toda el alma. La devoción de la gente era conmovedora. En la consagración todos estaban en silencio y de rodillas en el pasto y sobre la tierra de la placita al lado de la iglesia, que era demasiado pequeña para recibir a tanta gente. Después de la comunión, salió una procesión con el Santísimo Sacramento a nuestro convento y el Obispo, acompañado por los sacerdotes, las hermanas y el coro, llevó a Jesús sacramentado a nuestra pequeña capilla, al sagrario que las hermanas habían traído de tan lejos. Al lado estaba una imagen de la Virgen de Luján; ahora también Ella misionera en Tanzania.
Esta nueva fundación es uno de los nuevos sagrarios que el P. Buela, en ocasión de los 25 años del IVE, prometió a Dios. Un sagrario que espero pueda dar tanta gloria a Dios y tanto consuelo al Corazón de Cristo, ya que en Ushetu, escondido a los ojos del mundo, se encuentran muchas almas puras e inocentes que rezan con una devoción tan sincera que me ha hecho conmover más de una vez durante mi breve visita. En Ushetu el mundo parece estar muy lejano y se siente que el Corazón de Jesús es amado y servido con alma de niños. “Bienaventurados los pobres de espíritu: porque de ellos es el reino de los cielos.” (Mat 5,3)
Al terminar la Santa Misa empezaron los discursos y una larga procesión con dones para la nueva comunidad. Jamás antes vi tantos regalos al abrir un nuevo convento (y he visto varios…) Ollas, platos, vasos, baldes de todo tamaño, sábanas, azúcar, sal, porotos, maíz, lámparas, carbón, dinero y hasta 10 gallinas y 2 cabras. Todo esto donado con una generosidad inigualable considerando la gran pobreza en la cual vive la gente del lugar. Al entrar en nuestro convento, después de haber cortado la cinta rosada para la inauguración, me recordé de una casa de las hermanas de la Madre Teresa de Calcuta en Siria, que la madre había querido llamar “casa de la alegría”. Espero que nuestro convento en Ushetu sea realmente un lugar donde la esperanza divina haga nacer la alegría en los corazones de las hermanas, de los sacerdotes y de la gente del lugar.
Por cierto también será el lugar donde nuestras hermanas tendrán que aprender el misterio de la alegría de la cruz, cargando con enfermedades tropicales, la soledad, la impotencia de no lograr curar a todos, las pruebas y los miedos.
Cuando el Obispo nos pidió la fundación, la primera vez que estuvo en la Procura Generalicia en Roma el 25 de enero del 2008, nos dijo: “a este lugar, solamente pueden llegar a ir hermanas que por el puro amor a Jesucristo aceptarán fundar allí”. Realmente, fue la caridad de Cristo que nos urgió.
A los pocos días de nuestra llegada, el párroco P. Simón nos llevó a visitar a la abuela Sophia. Hace siete años Sophia fue mordida por una serpiente y su pierna se infectó, hasta producirle una llaga profundísima y grande, que le impide caminar, apoyar el pie y le produce dolores constantes, por ser una herida abierta. No quiere ir al hospital, por miedo a que le corten la pierna. María Madre de Jesús empezó a curarle la herida y pude ser testigo de cómo nació una nueva esperanza en sus ojos. Fue algo tan hermoso haber podido ver la esperanza entrar como un rayo de sol en el medio de un cielo nublado, que no me puedo olvidar de los ojos de Sophia, ni de las miradas y las sonrisas de su marido, vestido con harapos, más que de camisa y pantalón, como de sus dos hijos varones. La esperanza volvió a esta casa… o mejor dicho, a esta chocita hecha de barro con techo de paja.
Dios en Su Providencia nos quiso llevar a Ushetu, porque en Ushetu un misionero construyó una Iglesia y una señora anciana de Alemania, de nombre Margrit, donó los fondos para el dispensario y el convento.
En Ushetu la Iglesia está presente; es una Iglesia viva, una Iglesia que vive y reza en comunión con la Santa Madre Iglesia.
Había traído desde Roma algunas pequeñas imágenes del Papa Benedicto XVI, tipo señaladores, nada más. Dejé una imagen en la sacristía de Ushetu y también otra en la capilla de San José, en una aldea a cinco kilómetros. Después de la Santa Misa, el señor catequista (es fundamental la labor de los catequistas en estos lugares), mostró a los fieles la foto del Papa. Jamás habían visto el rostro del Santo Padre, aunque siempre rezaban por él. Trataban la imagen como si fuera un verdadero tesoro. ¡Cuán agradable debe ser la oración de estos fieles a los ojos de Dios! ¡Cuánto sostén darán sus súplicas a la misión del Santo Padre y a todo el Cuerpo místico que es la Iglesia.
Espero que las Servidoras, Madre María del Perpetuo Socorro, Maria Cor Iesu, Maria Madre de Jesús, María Salaam y María Magd’Allah, puedan ser fieles instrumentos de Dios para salvar allí en Ushetu a Su gente, como asimismo espero que lo seamos cada una de las Servidoras en el lugar donde estamos plantadas. Que la gracia de Dios fructifique la pobre obra de nuestras manos en la misión en Tanzania, país al cual, el venerable Juan Pablo Magno llamaba, “el jardín de la paz de África”.
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